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¡La muñeca soy yo! La historia de Yelena que llevó el orgullo de Quintana Roo al mundo

¡La muñeca soy yo! La historia de Yelena que llevó el orgullo de Quintana Roo al mundo

¡La muñeca soy yo! La historia de Yelena que llevó el orgullo de Quintana Roo al mundo

BaluArtes Artesanales

(La crónica periodística)

— Yelena confecciona historia e identidad a través de la artesanía textil, de Chetumal para el mundo.

“La muñeca soy yo”

Por José Luis Barrón

La primera vez que la vi portaba con orgullo el traje típico de Quintana Roo y se distinguía con luz propia entre la multitud que intentaba entrar al Congreso. Fui hacia ella con la única intención de perpetuar su cautivadora imagen en mi cámara.

Así conocí a Elena Tello Cimé, “Yelena” para la comunidad chetumaleña, quien en esa ocasión posó amable para mi lente con esa sonrisa traviesa que ilumina su rostro. Mientras yo “disparaba” una y otra vez buscando el encuadre perfecto, ella me soltó una frase que me detuvo en seco: “Estoy promoviendo mi muñeca”.

— ¿Y dónde está la muñeca? —le pregunté, buscando el juguete con la mirada.

— ¡La muñeca soy yo! —contestó con estremecedora seguridad.

Historia e identidad detrás de “La Quintanarroense”

La expresión de Yelena no era vanidad; hablaba de representar historia e identidad de un pueblo con su propia persona. Un atuendo que, transformado por sus manos en una delicada artesanía textil, estaba destinado a viajar desde su hogar hasta los rincones más insospechados del planeta.

Rosana Duffour, directora y creadora del Museo Casa de las Mil Muñecas en la Ciudad de México.
Rosana Duffour, directora y creadora del Museo Casa de las Mil Muñecas en la Ciudad de México.

El origen de una creación

Hoy, la encuentro entre hilos, retazos de telas multicolores y patrones. Desde su máquina de coser, en su taller casero donde el motor musicaliza su memoria y anima su corazón, Yelena nos narra el origen de “La Quintanarroense”:

“Lo recuerdo con mucho cariño. Nació del hambre profunda de poder realizarme, de que podía ser la creadora de algo trascendente. Siempre me identifiqué con las muñecas desde mi niñez; hacer una propia y que portara el traje de mi estado me llena de orgullo. Me da el poder de decir: ‘mira, Yelena lo hizo, Yelena lo creó, Yelena es la única’. A la hora de diseñarla, el traje ya existía, pero el rostro lo pensé en mí y así transmitir la esencia que llevo dentro”.

El coleccionista Luis Reza Reyes, autor del libro “El arte de las muñecas mexicanas: de trapito, listones y alambre”.
El coleccionista Luis Reza Reyes, autor del libro “El arte de las muñecas mexicanas: de trapito, listones y alambre”.

Un camino marcado por las dificultades

Sin embargo, el camino para consolidar ese orgullo no siempre fue sobre costura recta. Para que “La Quintanarroense” pudiera ver la luz, su creadora tuvo que pasar por el purgatorio del engaño laboral y la ingratitud institucional:

“Me hicieron una propuesta de trabajo y cuando ya estaba ahí no cumplieron; trabajé sin goce de sueldo. Esa persona quiso abusar de mi buena fe, pero sin darse cuenta me hizo fuerte. Con esas piedras que se me aventaron construí un castillo y en éste mi creación. Empecé el proyecto con mi familia y mi pilar fue mi madrina Celi; a ella le agradezco todo”.

De Chetumal para el mundo

La pieza pronto trascendió el cerco local. Se exhibió en tianguis turísticos, cruzó el Atlántico hasta las ferias de España e incluso llegó a la Ciudad del Vaticano. Fue en la exposición nacional Punto México cuando el connotado coleccionista Luis Reza Reyes descubrió la obra y quedó deslumbrado.

Envidias y un intento de plagio

Con el éxito el brillo de su obra despertó envidias en la burocracia local, lo que Yelena relata con justificado coraje que aún le hace temblar las manos:

“Cuando Karla Almanza era secretaria de Desarrollo Económico (SEDE), solo porque pasaba malos momentos no era capaz de instruir a su personal para que atendieran con respeto a los emprendedores que lucíamos sus eventos. Incluso, Landy López Ruiz, entonces encargada del área de artesanías, intentó clonar mi creación. Al reclamarle, me salieron con que yo no era la única que hacía muñecas. ¿Dónde estaba la tan cacareada transformación?”

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La defensa de su patrimonio

Ante el intento de plagio, la determinación de Yelena fue su mejor escudo: defendió su patrimonio con el registro de su marca y diseño, blindados desde el 17 de septiembre de 2017 ante el INDAUTOR y el IMPI.

Más que una muñeca

Tras recordar el trago amargo, hubo un profundo silencio en el taller; al grado de que se podía escuchar —literal— la caída de un alfiler sobre la mesa. La artesana suspira. En sus ojos el llanto amenaza con brotar, pero la dignidad gana y continúa la historia:

“Conforme pasó el tiempo le fuimos haciendo más detalles; agarramos callo. Diseñamos bolsas, playeras bordadas, llaveros y figuras como el manatí. A través del programa ‘Jóvenes Construyendo el Futuro’, capacitamos muchachos y durante la pandemia del Covid se acostumbraron a trabajar en sus casas y hoy en día seguimos dándoles empleo eventual”.

El orgullo de una obra reconocida

A la pregunta expresa de cuál ha sido su mayor satisfacción, la traviesa sonrisa vuelve a iluminar su rostro. Toma con cariño un ejemplar en proceso, le acomoda el cabello de estambre y busca con orgullo, entre las telas encimadas de su mesa, una revista de circulación nacional para leerme lo que Luis Reza Reyes, autor del libro “El arte de las muñecas mexicanas: de trapito, listones y alambre”, declaró sobre su obra: “Está muy bien detallada y es la primera que conseguimos de Quintana Roo. Debe estar en un museo por su concepto identitario y originalidad”.

“La Quintanarroense” llega a la posteridad

El camino de Elena Tello Cimé como artesana independiente no ha sido fácil, pero su creación ya alcanzó la posteridad: “La Quintanarroense” ocupa un lugar permanente en la historia del arte popular, resguardada dentro de la prestigiada colección de Luis Reza que nutre las vitrinas del Museo Casa de las Mil Muñecas en la capital del país.

Una victoria de la dignidad y la identidad cultural

Una victoria de la dignidad y la identidad cultural que comenzó con el rugido de una máquina olvidada en Chetumal y que hoy conquista las vitrinas de la nación.

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