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Cambios van, transformaciones vienen

Cambios van, transformaciones vienen

Tres años bastaron para que un individuo —con ansias de poder— destruyera la imagen de una ciudad que lucía impecable y que no tenía problemas de seguridad”.

Elena saboreaba el aromático café americano como nunca lo había hecho mientras leía aquel artículo en un polémico periódico. A ratos dejaba de lado la lectura para mirar, a través del ventanal del tradicional restaurante, el presuroso ir y venir de la gente.

Esta ciudad nunca se detiene, pensó, ahogando un suspiro.

Siguió sorbiendo su café y mordisqueando el pan con calma, relajada, como si el tiempo hubiera decidido concederle una tregua. Se sentía feliz, libre.

“Lejos quedaron esas noches apacibles cuando solía caminar a medianoche, e incluso de madrugada, sin temor a ser asaltada o asesinada por el crimen organizado que ya invade los sectores más tranquilos”, decía el texto. Elena suspiró de nuevo y continuó leyendo.

“¿Cuándo nos íbamos a imaginar que en Cancún surgirían limpiaparabrisas, mendigos, vendedores y hasta malabaristas en los cruceros? Gente manifestándose en las calles, asesinatos masivos… todo lo malo que pudiera concebir una sociedad se vino de golpe en solo tres años. En el centro de la ciudad, la prostitución de mujeres y homosexuales está a la vista las veinticuatro horas”.

Una vez más, Elena hizo a un lado el diario para seguir degustando el humeante café.

Qué curioso, pensó. Siempre que veía a Dany y a todos los que decían apreciarme, me preguntaban si seguía con Memo, pero nunca cómo estaba yo.

Como si mantener la relación fuera sinónimo de estar bien. Aquí todo es tan superficial… las amistades son de momentos. Nunca hay tiempo, o nunca coinciden los horarios: unos trabajan de noche, otros de día.

Un tipo entró al céntrico lugar de encuentros y desencuentros. Le regaló una sonrisa abierta que ella, por natural coquetería, correspondió. Para no ser tan evidente, volvió a tomar el periódico.

“Dejar a un sujeto soberbio, cuya administración no fue más que una verdadera mafia saqueadora y prepotente —avalada por una cuestionable Suprema Corte de ‘Justicia’ de la Nación—, y que afectó sin consideración alguna el desarrollo de esta prominente ciudad, fue la peor crueldad para la sociedad cancunense”.

Como si buscara a alguien, el hombre se acercó a la mesa donde ella estaba y, disimuladamente, miró sobre el hombro de Elena el artículo que supuestamente leía. En realidad, sus recuerdos recientes danzaban en su pensamiento.

Es cierto. Dany ha cambiado de pareja como tres veces desde que la conozco… y Gaby, ni se diga: Esteban, Mario… ¡siete galanes en menos de cinco años!

Es difícil sostener una relación en Cancún. Al final, sigue siendo un pueblo de solitarios, con todo y lo que ha crecido. Al principio, con Memo todo era padre, pero luego, entre sus obligaciones y mis horarios, todo se fue perdiendo. Ni siquiera sentí cuándo se fue.

— ¿Habrá alguna manera de que este payaso de la política devuelva lo que miserablemente saqueó? —comentó el recién llegado, señalando el diario.

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  • ¿Perdón? —Elena volteó sobresaltada.

— Que si habrá autoridad capaz de fincarle un castigo ejemplar al exalcalde, para que nadie ose repetir esta nefasta historia.

— Pues ni en quién confiar. Para mí todos los políticos son iguales: los de derecha, los de izquierda, los de arriba, los de abajo, los que se ponen de ladito —respondió con picardía, soltando una carcajada que el hombre acompañó divertido.

  • Es cierto —dijo él, mirándola fijamente a los ojos—. Solo cambian de color.

Elena sintió ese aguijón de la aventura clavarse en el ánimo: algo le susurraba al oído que aún era lo suficientemente bella y joven para empezar de nuevo.

Con razón Gaby cambia de galán a cada rato. Los inicios son hermosos, sonrió pícara, mientras el hombre mostraba clara intención de abordarla.

  • Señorita, disculpe la impertinencia… ¿puedo acompañarla?
  • No espero a nadie… bueno, tal vez a un nuevo amigo.
  • Entonces, ¿por qué no?

Casi de inmediato, el aroma del café en dos nuevas tazas impregnó de promesas la mesa donde la pareja, en medio del bullicio del concurrido restaurante, desvió la mirada del periódico para perderse en el brillo de sus ojos ilusionados.

Afuera, tras el ventanal, la gente seguía con su presuroso andar. Mientras tanto, otros optaban por entrar al establecimiento e intentar componer el mundo, cambiar de vida o simplemente disfrutar un delicioso café.

José Luis Barrón


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