El Mundial de los Negocios: cuando el fútbol dejó de pertenecer a la gente
Durante décadas, el fútbol fue definido por el legendario narrador Ángel Fernández como “el juego del hombre”. Una expresión sencilla pero profunda que resumía el carácter popular, accesible y universal del deporte más seguido del planeta. El fútbol era de la gente. De quienes llenaban las tribunas, de quienes escuchaban los partidos por radio, de quienes jugaban en la calle soñando con vestir la camiseta de su selección.
Sin embargo, esa idea parece cada vez más lejana. El Mundial de Fútbol de 2026, que tendrá como sedes a México, Estados Unidos y Canadá, amenaza con convertirse en la máxima expresión de la mercantilización de un deporte que alguna vez perteneció a las mayorías. Hoy, el aficionado común ya no es el centro de la fiesta; es apenas un consumidor más dentro de una gigantesca maquinaria global de negocios.
La primera evidencia es contundente: para millones de mexicanos asistir a un partido mundialista se ha vuelto prácticamente imposible. Los precios de los boletos, los paquetes turísticos, las experiencias VIP y los mecanismos de acceso privilegian a corporativos, patrocinadores y sectores de alto poder adquisitivo. La inmensa mayoría de los ciudadanos que han acompañado a la Selección Nacional durante generaciones quedarán excluidos de los estadios. Paradójicamente, el Mundial que regresa a México después de cuarenta años será visto desde fuera por gran parte de los mexicanos.
Pero la exclusión no termina en las tribunas. También alcanza las pantallas. Los derechos de transmisión se han convertido en activos multimillonarios que fragmentan las audiencias y obligan a los aficionados a contratar múltiples plataformas para seguir la totalidad de los encuentros. Lo que antes era una celebración colectiva transmitida por televisión abierta para todo el país, hoy se transforma en un producto premium administrado por corporaciones que convierten la pasión popular en una suscripción mensual.
La FIFA, bajo su actual modelo de gestión, ha llevado esta lógica comercial a niveles sin precedentes. Cada rincón del torneo está diseñado para maximizar ingresos: patrocinadores exclusivos, zonas de hospitalidad, licencias comerciales, paquetes corporativos y experiencias diferenciadas para quienes pueden pagar más. El aficionado tradicional parece haberse convertido en un actor secundario dentro de un espectáculo construido para satisfacer intereses financieros globales.
Particularmente preocupante resulta la proliferación de los llamados “Fan Fest” o festivales oficiales de aficionados. Concebidos originalmente como espacios de convivencia popular, hoy corren el riesgo de convertirse en escenarios de promoción institucional y propaganda gubernamental. En muchos países han sido utilizados para posicionar marcas políticas, promover narrativas oficiales y generar rentabilidad mediática para gobiernos y patrocinadores. La línea que separa la celebración deportiva de la operación propagandística se vuelve cada vez más delgada.
México no puede ignorar esta realidad. Existe el riesgo de que los espacios públicos destinados a la convivencia ciudadana durante el Mundial terminen subordinados a estrategias de promoción política disfrazadas de entretenimiento masivo. Cuando los recursos públicos, la imagen institucional y los eventos deportivos comienzan a mezclarse, la transparencia y la rendición de cuentas deben convertirse en una exigencia ciudadana.
El fenómeno refleja una transformación más profunda. El fútbol ha dejado de ser únicamente un deporte para convertirse en una industria global cuyo valor económico supera el presupuesto de numerosos países. La FIFA ya no actúa solamente como una organización deportiva; opera como una corporación transnacional capaz de influir en decisiones urbanas, inversiones públicas, modelos turísticos y agendas gubernamentales. El negocio ha desplazado al espíritu del juego.
Lo más preocupante es la deshumanización progresiva del espectáculo. El aficionado dejó de ser visto como parte esencial de la experiencia para convertirse en una métrica de consumo. Los sentimientos, las tradiciones, la identidad y el arraigo cultural son administrados bajo criterios de rentabilidad. El fútbol ya no parece organizarse para quienes lo aman, sino para quienes pueden monetizarlo.
Quizá la gran paradoja del Mundial 2026 sea precisamente esa. Mientras se anuncia como una celebración global de unidad, diversidad y pasión deportiva, millones de personas quedarán excluidas de la experiencia plena por razones económicas. Mientras se habla de acercar el fútbol al pueblo, el pueblo es desplazado hacia las pantallas de pago y los espacios periféricos. Mientras se invoca el espíritu del deporte, se fortalece la lógica del mercado.
Ángel Fernández seguramente reconocería el espectáculo, pero difícilmente reconocería su esencia. Porque el fútbol que él llamó “el juego del hombre” corre el riesgo de convertirse en el juego de las corporaciones, de los patrocinadores y de los intereses políticos. Y cuando eso ocurre, no sólo pierde el aficionado; pierde también el alma misma del deporte.
