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EL GATO

EL GATO

Por Eloy Kaminski
Manoa, Hawaii.

 

Lo vi por primera vez en la calle. Era tarde y la luna iluminaba la vereda. Entre cajas de cartón apareció su silueta y lo escuché maullar. Me detuve. Escuché su llanto felino como una música, como una melodía nocturna que llegaba hasta mí pidiendo auxilio, comida o caricias, no lo sé, pero algo en su voz me llamaba, así que me acerqué.

 

Nunca me importaron los animales, nunca los quise, pero había algo en este que me atrajo irresistiblemente, como los imanes atraen al metal, así que me agaché y extendí mi mano. El gatito vino de inmediato y caminó entre mis piernas restregándose, dejando su aroma en mi pantalón y en mis medias. Lo toqué y maulló otra vez, esta vez fue un maullido largo y agudo, una nota musical que llenó el vacío de la noche. Cuando puse mi mano en su cabeza, él me miró y comenzó a ronronear, arqueó su espalda y se restregó otra vez contra mis piernas.

 

Así que ya éramos amigos. Al parecer, él me aceptó de inmediato. Me pregunté qué habrá visto en mí. ¿Por qué yo? Entre la multitud de transeúntes que desfilan por esta calle y gastan las suelas de sus zapatos en estas veredas. ¿Por qué me eligió a mí?

 

De manera que empezamos a vernos con frecuencia. Cambié el recorrido que hacía al regreso del trabajo para pasar por la calle donde estaba el gato. Le llevaba comida y me quedaba acariciándolo un rato. Nuestra relación se fortaleció con el tiempo. El gatito sabía a qué hora pasaba yo por su vereda y me esperaba con impaciencia. Cuando me veía doblar la esquina había una expresión en su cara, alguna clase de brillo en sus ojos, y me di cuenta de que esa curva en sus labios era una sonrisa, que se había apegado a mí y disfrutaba mi compañía.

 

Pero nunca lo quise, ni me gustó demasiado. Era un gato sucio y pulgoso, tenía una oreja caída y caminaba desparejo como si una de sus patas fuera defectuosa. Nunca pensé en llevarlo a casa, darle de comer en la vereda era suficiente. Nunca hubiera llevado a casa a ese gato maloliente.

 

Después pensé en el dinero que gastaba cada semana dándole de comer, porque además la comida de gato había subido de precio, y pensé también en el tiempo que desperdiciaba yendo hasta esa calle alejada, porque podía estar en casa mirando la tele. Así que una buena tarde decidí que ya era suficiente, ya era hora de terminar con todo esto.

 

Lo vi por primera vez en la calle. Era tarde y la luna había llenado por completo el cielo, inundando la vereda con su luz. Primero escuché sus pasos y luego vi aparecer su sombra. Una emoción inesperada recorrió mi cuerpo, instintivamente supe que éste era el correcto, que debía salir de entre las cajas y acercarme a él. Así que lo hice, maullé y caminé algunos pasos. Él se detuvo y me miró. Me pareció que dudaba, pero yo sabía que él era el indicado, así que debía hacer algo para cautivar su atención.

 

Me restregué entre sus piernas y maullé otra vez, lo miré con ojos tiernos, intenté seducirlo y cuando él se agachó para acariciarme, arqueé el lomo y sonreí.

 

Sin dudas ya éramos amigos. Sí, la amistad felina es inmediata. De modo que construimos una relación en la que él venía todos los días a la misma hora para alimentarme, yo lo esperaba con entusiasmo y le sonreía cada vez con el mejor brillo de mis ojos. Me acercaba a él en cuanto oía sus pasos, porque conocía el sonido de sus pisadas que se habían convertido en una música para mí, una anticipación de las cosas por venir. Sin embargo, yo sabía que me acercaba, de a poco, hacia la premeditada conclusión de nuestra amistad.

 

Porque nunca quise a ese hombre. Yo no quiero a los humanos, pero los tolero porque me alimentan. Podría pensarse que los uso, que maniobro mis acciones para engañarlos y convencerlos de que desarrollé algún cariño por ellos para que me den de comer. Entonces me restriego por sus piernas, les maullo con dulzura, les sonrío con pasión, y todo es una farsa. Cuando el estómago está lleno, todo se acabó. Sin embargo, con este tipo era distinto. Sentía por él casi la misma indiferencia que siento por los demás, pero había algo, había algo más.

 

De modo que las cosas llegaron a su punto culminante. La situación era ya intolerable, así que decidí que había que hacer algo, que el mundo no es suficientemente amplio para los dos y que esta maldita criatura debía desaparecer.

 

Sería fácil, una maniobra rápida, un golpe fulminante y así llegaría su final.

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De manera que la siguiente vez que nos encontramos actué amigablemente, como siempre. Nada delataría mis intenciones, me mostré sonriente y muy alegre de volver a verlo.

 

El momento llegó. Se acercó a mí. Esta era mi oportunidad.

 

Todo ocurrió en un solo instante. Él nunca supo qué fue lo que le pasó. Como un rayo le llegó la muerte y ahora él se ha ido, él ya no existe. Bueno, su cuerpo aún existe, está tirado en la vereda a mi lado, espero que el barrendero se lo lleve a la mañana, pero su alma ya no está en este mundo. Sinceramente espero que esté perdiéndose en algún laberinto infernal.

 

Ahora la luna, como tantas otras noches, desparrama su luz por la vereda mientras yo me pregunto quién será el próximo que vendrá a darme de comer y cuando levanto la mirada al cielo veo los ojos sucios, el bigote torpe, en la perfecta redondez de la luna veo la odiosa cara de ese hombre.

 

 

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